viernes, 2 de octubre de 2015

Retorno.

Ojalá aves migratorias.
Ojalá mustio el Sur, Norte, Este y Oeste.
Ojalá el fin en el origen.
El último en el primero.
Ojalá
un
bis.




lunes, 21 de septiembre de 2015

Uróboros.

¿Y si no lo pienso? 
¿Y si dejo que la marea me arrastre a una playa? 
Llevo años meciéndome en un oleaje tranquilo y, de pronto, el agua me ahoga. 
Ya no sé si quiero volver a las olas o quedarme varada.

¿Y si no lo pienso?
¿Y si dejo que la marea me arrastre a una playa? 
Que me lleve la corriente... hasta donde quiera que vaya.

sábado, 29 de agosto de 2015

El objetivo.

-Pienso que estaba un poco borracha. Ella no suele beber, créeme. Con una copa ya está contando chistes malos y haciendo el ridículo cuando suena una canción famosa. Si no estaba con el alcohol ya en vena o se había esnifado algo, no me lo explico, de verdad tía. Estaba con nosotros y de pronto, se fue directa hacia el camarero y le dijo que era un hijo de puta. Así, tal cual te lo cuento. Dio un golpe sobre la barra con el vaso ya vacío y lo gritó: "¡ERES UN HIJO DE PUTA!".

>>Sí, sí. No me mires así... Todos se quedaron sorprendidos.  El camarero miraba a todas partes con los ojos como platos. Los que estábamos en la fiesta fingimos que no pasaba nada. Ya sabes, no se ve todos los días a alguien haciendo una locura como esa, pero tampoco queríamos problemas. Por poco no la sacan fuera del local por alborotadora. Claro que después lo comprendí todo. Lo entendí TOOOOODO hermana. Mientras la gente se giraba desentendiéndose, yo seguía observándoles, perpleja. Entonces el camarero miró a los lados y, cuando creyó que nadie le veía, sonrió y le tendió una servilleta con un número escrito a boli. Vaya perra. Esa sí que sabe hacer apuestas.

lunes, 24 de agosto de 2015

Carnaza.

- Lo dejo.

- ¿Cómo que lo dejas?

- No quiero actuar más.

- Sales a escena en media hora.

Me encogí de hombros y le sostuve la mirada. Ella gruñó. No dijo nada, lo que evidenció que había conseguido cabrear a una persona en menos de un minuto. Se inclinó en su mesa y buscó en los cajones. Me plantó mi contrato en la cara.

- Aquí te comprometiste a ello.

- Me descomprometo.

- Eso no es posible.

- Mire... usted no lo entiende. Esto me consume. No puedo seguir, yo... - el deslizar de su silla me interrumpió.

- Ven conmigo - y salió de la sala.

Caminamos hasta atravesar despachos, salas de reunión y camerinos. De pronto me encontré entre cajas, entre dos de esas cortinas inmensas que guardan los laterales de los escenarios. Me tomó del hombro y me hizo inclinarme hasta asomarme. En la parte de atrás, me vi a mí misma proyectada en varias imágenes de diferentes etapas de mi vida. Al frente, miles de fans vitoreaban, esperando con ansia que empezara el espectáculo.

- Todas esas personas, caras pintadas, camisetas con tu nombre, pancartas en mano, han pagado por estar aquí y te aguardan. Son tu público. Te esperan.

- No me esperan a mí. Esperan cosas de mí.

- Todo el mundo espera cosas de ti, pero un público siempre viene a disfrutar, no a juzgarte.

- Eso es lo que cree... - sonreí triste- pero el más mínimo error te lleva de la cima al infierno.

- Solo son humanos, chiquilla- susurró mientras admiraba a la multitud, pero donde ella veía caras entusiasmadas, yo solo atisbaba las fauces de miles de cocodrilos esperando el mínimo despiste para dejar de sonreír.

domingo, 16 de agosto de 2015

Hum

Decían que iba a nublarse, y los pájaros susurraban.

Decían que iba a nublarse, y los árboles temblaban.

Decían que iba a nublarse, y las aguas helaban.

Decían que iba a nublarse y los cielos, de pronto... lloraban.

#GarabatolvidadoConVoz: https://www.youtube.com/watch?v=ev0JJYzJIk8

sábado, 8 de agosto de 2015

Inalterable.

Sentada en una esquina de la cama, pensé que si me concentraba podría llegar a alguna conclusión. Permanecía quieta, con los ojos fijos en la nada, para contrarrestar el caos que me rodeaba. Los pensamientos que me taladraban la mente tenían sus consecuencias. Les planté cara. Mi corazón iba demasiado deprisa para no estar haciendo nada. Intenté respirar con normalidad. Ordené a mi cuerpo que parase de temblar, pero la ansiedad tiene llaves de las que nadie sospecha. Cuando el oxígeno se da demasiada prisa en visitar los pulmones, el mareo repta por tu columna y te agita las ideas. El bombeo de la sangre ruge. Notas la inclinación de tus piernas, preparadas para ayudarte a huir, y también la garganta tensa para hacer más fácil que pidas ayuda. El ataque era fuerte, pero esa vez no me moví. Podía visualizar mi interior como un bosque siendo agitado por el aire frío. Como el suelo recibiendo rocas que caen por la ladera. Como el temblor que produce un tsunami al llegar a la playa. Dejé que me golpeara con todas sus fuerzas. Ni siquiera grité. Lo recibí una y otra vez sin apartarme y, al cabo de incontables días de enfrentarme a él, dejé de temerlo. Comprendí que siempre sobreviviría.

#GarabatolvidadoConVoz: https://www.youtube.com/watch?v=XTFpjfdgzj4

El Test de Rorschach

Naufragio de tinta roja en mis dedos.  


Gotas carmesí sobre el mantel blanco, clamando victoria.

Dibujos densos como lava, cabalgan mesa abajo y rugen. 



Aúllan como el cadáver que pende de la lámpara que nos alumbra. 



viernes, 7 de agosto de 2015

Los pilares.

- Lo siento mucho.

- No tienes que disculparte -contestó mientras me acariciaba el pelo.


Suspiré. Cerré los ojos mientras sus dedos se perdían entre los mechones y jugaban con ellos. A veces sentía el calor de su palma rozando mi mejilla y una tranquilidad espesa reptando por mis piernas.


- No debería haberme ido - murmuré.


- Tenías que irte.


- Eso pensaba. Pero no es verdad - me giré para mirarle y subí las piernas al pecho. Acaricié la almohada mientras una sonrisa fugaz brillaba en su cara -. ¿Qué?


- Tenías que irte, y me alegra que lo hicieras. Te estabas ahogando aquí dentro - señaló la habitación.


Pensé que tenía razón. Recordaba cómo me había sentido antes de desaparecer, la tirantez en cada movimiento que hacía... la soledad. Pero también sabía que algo había quedado incompleto en mí desde aquel entonces. 

Eché un vistazo a mi alrededor. Flashes de una sala vacía, con una sola bombilla titilando en el techo, vinieron a mi mente.

- No es como lo recordaba - susurré.


- Ahora soy el único que permanece aquí. Mi percepción de tus reinos nunca fue la de ruinas, salas inhabitables o grutas sin salida. A mis ojos brillaban- dijo mientras se encogía de hombros. Sentí la sorpresa agitándome el pecho mientras le escuchaba -. Esta realidad se transforma a placer del visitante. Fíjate.


Señaló un punto en la pared. Me incorporé levemente y mantuve la vista fija en el papel pintado que ahora recubría la sala. De pronto, una bruma negruzca comenzó a brotar de la pared. El dibujo comenzó a desmoronarse ante mis ojos, como polvo siendo arrancado por el viento. Quedó a la vista la pared de ladrillo que tan bien conocía. Una mano pasó ante mis ojos y los ladrillos volvieron a quedar cubiertos de un color tan brillante y vivo que me emocionó.


- Todo es cuestión de perspectiva - musitó él con cierta pesadez en la voz. Comenzó a hacer círculos en mi pierna, de pronto distraído en pensamientos que supe que no podría alcanzar.


Dejé que el silencio transmitiera los mensajes que nos callábamos. Sensaciones vivas y cálidas que nos acompañaban en cada encuentro. En ese breve espacio de tiempo, mientras el joven, seguramente, traficaba con algún recuerdo, indagué en mi interior para averiguar qué era lo que siempre me traía de vuelta, incluso después de meses y años, a ese mismo lugar. Notaba el reflejo del miedo y de la ira en algunos rincones. El odio en las esquinas. Tristeza en la luz que mis ojos veían atravesando los ventanales, pese a las capas de  belleza que mi compañero había depositado en ese rincón. Observé su mano, aún dibujando cosas sin sentido sobre mi pantalón. Los ojos entrecerrados típicos de quien está demasiado lejos como para reparar en tu presencia. Sonreí.


- Te echaba de menos.


Él alzó la vista. Vi a cámara lenta cómo sus ideas se evaporaban mientras su atención afloraba a la superficie, como quien toma la primera bocanada de aire al salir del mar. Permanecí en silencio hasta que la comprensión brilló en su mirada y su mano paró su recorrido.


- No es lo mismo sin ti... y sé que no puedo llevarte conmigo. Ya lo he intentado otras veces. Siempre te quedas atrás y tengo que venir aquí a encontrarte de nuevo. A encontrarme. Es un bucle del que no puedo salir - expliqué, y vi como en su rostro iba naciendo la ternura.


- La vida misma es un bucle. El infinito es un bucle. Principios y finales una y otra vez repetidos por la eternidad. Hay bucles que es mejor no romper, sobre todo si son los que te hacen ser quien eres.


Negué mientras bajaba la mirada y me contraía más sobre el colchón. Noté cómo se hundía mientras él se elevaba y se ponía a mi espalda. De pronto estaba rodeándome como otras tantas veces, cuando no sabía qué hacer. Respiré profundo. Era reconfortante sentirle.


- Ni siquiera sé quién soy - noté su boca en mi nuca, riendo suave. Siempre reía porque siempre sabía más cosas que yo... pero lo dejaba estar.


- Quién eres no es lo que haces, ni lo que vistes. Ni siquiera cómo te comportas. Hay algo constante en las personas, mucho más profundo y visceral que todas esas banalidades a las que damos importancia. Puedes parecer muchas cosas, pero desde que comenzaste a registrar recuerdos has sido una sola. Como tu nombre - notaba el calor de las palabras mientras hablaba -. Pero es algo que solo descubres una única vez. Y de pronto desaparece y nunca más vuelves a percibirlo tan claro como en ese instante. Cuando te llegue lo sabrás, lo perderás y volverás a buscarte creyendo que sigues sin saber quién eres, incluso cuando llevas siéndolo toda la vida.


Una risa suave nació en mi interior. Noté su brazo vibrar sobre mi costado. Era eso lo que anhelaba cuando me alejaba de los lugares que había habitado durante años. La reflexión de un ente que vivía conmigo en las épocas oscuras, que acariciaba cada duda y la hacía desplomarse y que, finalmente, me tendía la mano cuando parecía estar sufriendo una combustión interior que me haría explotar. Era el ser, real o no, que creaba un equilibrio en mi mente.  No sabía si formaba parte de mí o no. Si lo había creado en algún momento de mi vida. Si era una inspiración ajena o si era un espejo de lo que yo esperaba alcanzar algún día. Solo comprendía que necesitaba ese punto de inflexión en el camino para seguir adelante. Cuando él estaba me encontraba, el arte fluía, las ideas corrían desperdigadas de un lado para otro. Incluso si anímicamente mi cuerpo pedía una reclusión, una sola conversación con él valía pasar por todo aquello y me sacaba a flote.


- Ojalá pudiera llevarte conmigo - susurré-. Ojalá pudiera encontrarte en mi realidad, bailaras conmigo y me recordaras que la "Esencia de las cosas" permanece en nosotros. Ojalá lo recordara aunque no estuvieras para murmurarlo. Pero no soy capaz.


No esperé respuesta. Supe que hacía rato que se había dormido. Me acurruqué contra él y disfruté de ese único instante. Sabía que no se repetiría. Sabía que al día siguiente no amanecería allí... pero que volvería. 

Siempre volvía.

martes, 7 de julio de 2015

Véndelos.

Vende todo.
Tira la casa por la ventana.
Arranca sus posesiones.

Vende todo. 
Destruye las vitrinas.
Quema tus papeles.

Vende todo.
Rellena la estantería.
Angústiate cuando no quede nadie.

Vende todo.
Los recuerdos.
Las sensaciones.

Vuelve a recuperarlos.
Sino, ¿dónde eres?

domingo, 7 de junio de 2015

Marcada.

-¿Puedo?

Asintió con timidez. Di la vuelta a su alrededor y, una vez a su espalda, aparté el pelo para dejar a la vista su hombro y deslizar los dedos sobre él con cuidado. Al descender la tela que lo cubría, una cicatriz quedó al descubierto. Pasé los dedos por encima.


-¿Por qué?


-Violencia.


Emití un sonido grave. Besé la marca y volví a situarme frente a ella. La observé con cariño. Alcé la mano y toqué con suavidad un pequeño círculo que se distinguía en su brazo.


- ¿Por qué?


-Enfermedad.


Me agaché para posar los labios allí también. Cuando me incorporé ella se mordía el labio inferior. Sus mejillas se habían teñido de color. Le acaricié la cara, allá donde el rojo era más patente.


-¿Por qué?


-Sentimientos - y sonrió.

sábado, 6 de junio de 2015

¿Quién?

Quién se fiara del agua clara inhabitada,
de un árbol que muda en primavera,
de una noche nublada con una sola estrella.


sábado, 30 de mayo de 2015

La Ley de la Cadena.

-Avanzad.

Y todos dimos un paso al frente. Un paso al frente con la mirada alzada, la garganta al descubierto y las manos atrás.


-Avanza. Tú.


Sentí el golpe en el brazo, pero no podíamos mirar a los ojos para pedir explicaciones. Di un paso.


-Otro.


Obedecí.


-Otro.


Tragué saliva. Dudé un segundo. Sentí el acero en la espalda, amenazándome. Sabía que lo siguiente sería un golpe plano de la hoja sobre las costillas. Esa vez di un paso grande, valiente, esperando que así se olvidaran de mí. La línea que todos los condenados habíamos formado y que había sido recta al principio, ya no tenía sentido. El acantilado frente a nosotros, abría sus fauces pidiendo sangre. Yo era quien estaba más cerca de pisar el viento. Nadie lloraría por mí. Hasta eso nos habían quitado. 


Al principio nos hacían avanzar a todos a la vez. Todos teníamos las marcas en los brazos que indicaban nuestra poca fortuna. Íbamos a caer, tarde o temprano. Unos antes, otros después, pero nuestro destino era el mismo. A medida que pasaban los días, los centinelas tenían antojos. Seleccionaban candidatos al azar y comenzábamos a ser puntos independientes a lo largo de un terreno árido, de cara al mismo objetivo.


-Sigue.


-¿Por qué? 


Las dos palabras se escaparon entre mis labios. El golpe me tiró al suelo. Caí de rodillas y me mordí la lengua para no gritar. Estaba prohibido que notaran tu dolor.


-Porque tuviste la oportunidad de elegir y tu elección te llevó hasta aquí, y a su vez otras personas harán elecciones que te llevarán a otros lugares. Que te harán caer - empujó con el pié una de mis manos y estuve a punto de perder el punto de apoyo-, o levantarte. Y esta ha sido la mía. 


El tirón que prosiguió a sus palabras me incorporó. La punta del acero me taladró el estómago hasta que volví a tomar la posición adecuada.


-Esa es la forma correcta de afrontar el destino que no podemos controlar. Con la cabeza alta. Al menos se nos permite morir desafiando algo que no está en nuestro poder.


Cuando noté que se alejaba para buscar otro candidato y acercarlo al precipicio, cerré los ojos. Si el resto avanzaba suficiente, quizás me dieran una oportunidad para salvarme. Quizás otro guardián eligiera que diera un paso atrás. Quizás... Quizás la caída que veía no era tan abrumadora como suponían mis sentidos, pero no podía saberlo hasta estar justo en el borde, en la línea en la que la más mínima brisa hace que tiembles ante la inminente caída. Recuerdo que allí de pie, con la piel palpitando tras recibir el impacto de la espada, pensé que quizás el hombre tuviera razón. Puede que todo fuera cuestión de una red de elecciones, una cadena de sucesos iniciada por una decisión de un desconocido a muchas millas de nosotros. Quizás yo fuera tan insignificante que nunca alcanzaría a comprender la magnitud de ese hilo invisible que nos unía a todos los seres vivos del mundo. Solo podía, efectivamente, alzar la mirada al cielo y esperar que los Dioses fueran bondadosos... mientras luchaba por mi vida.

miércoles, 27 de mayo de 2015

Claustrofobia en mí.

Una caja tan estrecha que no puedo estirar los brazos ni flexionar las piernas.


 Un pensamiento tan denso que ni siquiera deja que llene los pulmones.

Una cúpula, construida con palabras, de la que nunca puedo salir.


Un silencio al que da miedo herir... 


                                                                                               Incluso si tu intención es escapar de él.


#GarabatolvidadoConVoz: https://www.youtube.com/watch?v=ceXF4qJCyEI

Enhebrar.

El hilo de la seda deja un rastro tras de mí. Cuando me doy la vuelta, observo cómo va abrazando sendas que, muchas veces, quieren olvidar las huellas que he dejado. 

Cada cosa que he amado tiene trazas de mí, de lo que he construido y de lo que quise que prevaleciera en ellas. Los rincones que me adoptaron en algún momento de mi vida balancean tapices durante las tormentas, y miles de retales esparcidos por las colinas que alcancé se agitan en una danza hipnótica. Hay recuerdos importantes que penden de hebras firmes y que, muchas veces, tiran de mí si intento avanzar demasiado deprisa.


A veces me enredo en mi propia creación. 
Son momentos angustiosos. 
No veo una salida. 

Llega entonces el momento de cerrar los ojos, acariciar la seda y hallar nuevos caminos en la oscuridad más absoluta. No hay atajos que nos lleven al final de un hilo, pero sí un camino oculto en nuestra historia que, dependiendo de la dirección que escojamos, nos llevará a nuestro destino.

domingo, 24 de mayo de 2015

Indeterminación.

Las cosas podrían ser o no ser. 
Quizás habrían sido en el pasado si yo hubiera sido pero, 
simplemente, 
no era. 

Si ahora son y yo aun no soy, 
nunca jamás serán. 

Puede que de pronto consiga ser porque Él quiere que yo sea. 
Que ellas quieran ser,
y que por fin Ellos también quieran que sean.
Puede que puedan ser y sean... 

Y seamos.

#GarabatolvidadoConVoz: https://www.youtube.com/watch?v=qP0MPtH1XQA

domingo, 17 de mayo de 2015

La caza.

Cuando estás huyendo de algo, 
quieres creer que nadie te puede encontrar. 
Cuando el siseo de alguien cayendo sobre ti corta el silencio, 
sabes que... 
no hay escapatoria. 

sábado, 9 de mayo de 2015

Detente.

Dicen que existe una sola voz para doblegar a todos los hombres. En mi vida solo encontré una voz que podría haber sometido hasta la última de mis certezas, pero que jamás trató de utilizar ese poder contra mí.  

Apareció un día soleado, cuando me hallaba al borde de un precipicio y las flores del abismo querían unirme a su canción.


-No - dijo, y retrocedí un paso.


Un mes después añadió dos palabras más.


-No lo hagas - susurró, y la pistola se disolvió en mis manos.


Tres semanas más tarde, redujo todo a una sola pregunta.


-¿Estás segura? - mientras me acariciaba el brazo. Temblé y las pastillas repiquetearon sobre la mesa.


Cuatro meses pasaron y lo tuve frente a mí. Alcé el mentón y clavé mis ojos en él.


- ¿Te has rendido? - murmuró.


-No.


- ¿Qué estás buscando? 


- A ti.


No respondió.


- Te quiero a ti. Conmigo. Aquí - toqué mis sienes y toqué mi corazón de forma simbólica.


Me miró, desconcertado.


-Te necesito. Quédate- y tendí las manos frente a mí.


Fue cuando las tomó cuando me di cuenta de dónde se hallaba la voz que podría haberle dominado... Y fue por esa certeza y por el amor que sentía hacia él por lo que, cuando me besó en la mejilla y se dio la vuelta, no pronuncié ni una sola palabra para detenerlo.

jueves, 7 de mayo de 2015

Noes.



Se lo preguntó con esa seriedad y voz grave que le caracterizaban, y mintió. 
Le mintió con la tranquilidad de quien cree estar haciendo lo correcto.
De quien tiene miedo de que la verdad sea tan real.
De quien ya hace tiempo que no es.
Que no es con palabras alegres.
Que no es en soledad.
Que no es sino...
nadie.

#GarabatolvidadoConVoz: https://www.youtube.com/watch?v=kNtiAEn18BA

domingo, 3 de mayo de 2015

Refugios.

Llovía. Hacía días que llovía. Con la manta sobre los hombros y la mirada clavada en una vela, el mundo parecía ajeno a mi realidad. Qué insignificante me sentía.

Recuerdo un sentimiento de dejadez bastante contundente. También una estela de angustia. A veces, la magnitud de la percepción humana puede hundir el universo entero y después combarlo hasta que el espacio temporal se funde en una línea delgada. Mi pensamiento lo abarcaba todo y nada a la vez, todos mis recuerdos... y mientras tanto el fuego no paraba de bailar. En algún momento, una pregunta sin respuesta se arrastró por mi garganta y la mordió hasta ahogarme, pero el horizonte donde había desperdigado el resto de mi coherencia me impidió llorar.


Ah, qué escena tan inútil. Qué vida tan desubicada. A veces nos cuesta entender que no es necesario buscar un hueco para nosotros en el mundo. Supongo que esa es la conclusión que nace después de toda una vida. Yo intentaba buscar una lógica que hiciera encajar las energías del cosmos y me señalara cuál era la causa de mí, el principio del yo, el final de un camino que ni siquiera atisbaba. Pero la única verdad era que mi lugar estaba justo allí, junto al fuego, incluso cuando las velas se apagaran para siempre.

martes, 14 de abril de 2015

Silencios.

Un zumbido al otro lado de la línea. 
Silencio.
Una respiración entrecortada.
Silencio.
Bocanadas de aire que no liberan sus palabras.
Silencio.
Se apaga la esperanza.

...

Silencio, sí.
Y también "tequieros" que no reciben su llamada.

lunes, 2 de marzo de 2015

La (des)adquisición.

No estoy segura de por qué no me había dado cuenta antes, pero sí recuerdo el momento en el que confirmé su desaparición. En una de esas noches invernales en las que me guarecía del frío bien cerca del radiador, uno de mis lápices de colores decidió quedarse sin punta mientras garabateaba un bonito dibujo. Fue como si la armonía de mi obra se destruyera en un solo suceso. Miré la punta del susodicho sin entender. ¡Qué descaro! ¿No había otra forma de sacarme de mis ensoñaciones que dejarme sin la posibilidad de terminar mi creación? Solté el lapicero y resoplé con frustración. Me recosté en la silla y moví los pies para balancearme sobre sus ruedas y alejarme de la mesa, donde el culpable de mi enfado se hallaba. Adelante y atrás. Adelante y atrás. Entonces paré en seco, sorprendida. Volví a hacer ese mismo movimiento. Me centré en el sonido de la silla deslizándose por la tarima. Frené de nuevo. Fruncí el ceño y me asomé por encima del reposa brazos. ¿Qué ocurría?

Entonces una idea se abrió paso entre imágenes coloridas y lapiceros despuntados. Había perdido algo, algo que había pesado durante muchos meses y que había venido conmigo a todas partes desde entonces. Toqué las ruedas de la silla como si pudiera encontrar otra explicación lógica a ese cambio en los acontecimientos. El ruido era diferente. El movimiento era diferente. La perspectiva era diferente, pero no era cosa de mi silla. Me levanté. Salté, primero sobre una pierna y luego sobre la otra... Ligera como una pluma. Abrí los brazos y giré sobre mi misma. Nada me impedía hacerlo. Me palpé los bolsillos de los pantalones, de la camisa. Vacíos. Miré dentro de mis zapatos y calcetines. ¿Cómo había sucedido? ¡Lo había perdido! ¡¿ O se había ido?! 


Me dejé caer en mi asiento, acompañada de mi perplejidad. ""De acuerdo. Quizás es una falsa alarma. Quizás lo he perdido temporalmente pero va a volver y me golpeará como una bola de demolición."" Cerré los ojos tan fuerte que me salieron arrugas, mientras esperaba el primer choque. Aguardé unos 90 segundos. Cuando pasaron y tomé una gran bocanada de aire, reparé en que había dejado de respirar. Notaba el pulso en el cuello. ¡No podía creerlo! ¡Definitivamente se había marchado! Me recosté en la silla y entrelacé los dedos, estudiando mi nueva situación. No creía que fuera a suceder tan pronto, así, sin avisar. Desde luego, las cosas se estaban tomando demasiadas libertades, exactamente igual que mi lápiz de color azul. Tendría que tomar medidas antes de que todo se descontrolara.


Respiré profundamente. Aún me quedaba una prueba. La prueba definitiva del cambio. Me concentré y, poco a poco, la vibración me acarició el estómago. Sonreí. Una carcajada acarició mis pulmones, mi garganta y después el aire que me rodeaba. La explosión de alegría lo invadió todo. ¡Ahhhhhhhh sí! Ahí estaba la confirmación de que se había ido para siempre. 



Ya no dolía. 

Ya no pesaba. 


Algo se había marchado, pero estaba segura de que no lo iba a echar de menos.

lunes, 23 de febrero de 2015

Mejor no.

Mejor no regreses.
No mires el lugar donde he quedado.
No pienses en lo que ya ha pasado.

Mejor no hables.
No sientas que me has salvado.
No dañes más a un corazón desamparado.

Mejor no recuerdes.
No anheles este viaje inesperado.
No comentes a nadie lo que en su día fue sagrado.

Mejor no camines.
No alargues tu mano esperanzado.
No eches de menos un lugar abandonado.

Mejor cierra los ojos.
Mejor olvida lo acordado.
Mejor abraza las cosas nuevas que te han dado.


No preguntes.


Me haces daño.


Si te dieras cuenta de lo que has matado...

jueves, 19 de febrero de 2015

Erosión-----[La esencia de las cosas (III)]

Un paso y estaba dentro de nuevo. Aun con los muros semiderruidos, pude reconocer a la perfección las cuatro paredes que habían supuesto mi confinamiento durante tanto tiempo. 

No sé explicar exactamente qué sentía. Era una mezcla de anhelo y rechazo que me desconcertaba. Los primeros minutos de mi hallazgo, los dediqué a permanecer totalmente quieta y a escuchar el rugido del viento contra la piedra. Después me atreví a dar unos pasos más y a indagar en la zona más profunda de la sala, allí donde el techo aún permanecía intacto. La grava crujía bajo mis pies y me daba ganas de mirar a mis espaldas para no ser sorprendida por alguna entidad silenciosa. Sentí el frío clavarse en mis huesos. Lo ignoré. 

De frente a una pared, contemplaba anonadada las marcas que yo misma había dibujado en mi encierro. Garabatos que marcaban conversaciones, bailes, pensamientos y el propio tiempo. Pasé las yemas por las muescas, como si saludara a un viejo amigo. Suspiré. Había pasado tanto allí, que regresar hacía que pareciera que ni siquiera me había marchado. Me sumí en los recuerdos.

Cuando él habló, no me sobresalté, pues había estado siempre junto a mí.

-Te fuiste en verano- susurró a mi espalda.

-Me fui en verano- afirmé, mientras mis dedos señalaban la fecha exacta escarbada en la roca.

El viento volvió a escucharse junto a un silencio lleno de interrogantes. Él dio dos pasos hacia mí. Tendí la mano sin volverme. Sentí el alivio recorriéndome el brazo cuando noté sus dedos sobre mi palma. Dejé que la sensación de estar junto a él de nuevo me envenenara, porque su presencia representaba las dos caras del dolor. 

-¿Dónde has estado?- pregunté tratando de zafarme de las ideas.

-Esperando a que volvieras.

-Deberías de haber venido conmigo.

-Allí fuera no me necesitabas para nada.

Sus palabras rasgaron algo muy dentro de mí.  Quise girarme con brusquedad y decirle a gritos todo lo que pensaba, pero en vez de eso, tiré de él para mirarle a los ojos y le tomé la cara con suavidad hasta que quedamos a la misma altura. No sé cómo me salió la voz. 

-No tienes ni idea de lo que dices- él guardó silencio, escrutando la verdad en mis ojos. Casi pude ver las llamas asomándose a los suyos-. Ojalá me hubieras acompañado.

Me cogió las manos con lentitud y las apartó para zafarse de mi agarre, pero no me soltó, y eso era precisamente lo que yo habría querido en la eternidad. Hundió los dedos en mi pelo, como para cerciorarse de que era real, y me acarició la cabeza. Busqué su mano con la mejilla y cerré los ojos. Dolía. Él suspiró antes de preguntar.

-¿Por qué has vuelto a este lugar?

Medité unos segundos antes de responder. Detestaba mentir a quien lo sabía todo de mí.

-Necesitaba verlo de nuevo, pero...- miré a mi alrededor con tristeza. 

-Pero ha cambiado.

-Ha cambiado conmigo. Antes solo era una cárcel- observé la luz que entraba por los boquetes, el polvo que se mecía en los rayos de sol, las enredaderas trepando por doquier, los dibujos. Le observé a él y esbocé una sonrisa-, ahora es un lugar que posee belleza. Y una historia. La mía.

Noté que algo en él se calmaba. Tenía miedo por mí. La ternura me invadió. Él bajó las manos mientras sus ojos danzaban. Sabía que había muchas cosas que no nos habíamos dicho, pero eran tan evidentes que no hacía falta mencionarlas en voz alta. Nos adentramos en la habitación y en las palabras.

Unas horas más tarde, una puesta de sol reclamaba nuestra mirada. Sentados sobre una roca que en algún momento había formado parte de una celda sin salida, observábamos el fin de una nueva muesca sobre la pared. Antes de que la tierra se tragara el sol, supe que quería preguntarme algo.

-Dilo, dilo y bailemos una vez más- musité mientras disfrutaba, con los ojos cerrados, del calor de la luz.

Sé que a raíz de mis palabras, su pregunta cambió de forma.

-¿Será nuestro último baile?- dijo mientras yo escuchaba un "¿vas a volver?".

Sonreí con tristeza mientras acariciaba la piedra y el pasado, y respiraba profundamente.

-Este lugar forma parte de mí- hice una pausa, hasta que asimiló lo que significaba aquello-. Regresaré una y otra vez y veré cómo se despedaza y pierde la esencia de lo que era. Me marcharé pensando que ese será su fin, pero con los años miraré atrás y volveré a buscar su origen. Formularé preguntas que puede que hayan perdido su respuesta. Vagaré por la piedra destruida y me sentaré aquí mismo, junto a ti, y me preguntarás una y otra vez lo mismo. Yo siempre regresaré, porque no se puede dejar atrás lo que has sido, ni dónde has sido, ni con quién... 

Supe que estaba sonriendo. Le acaricié la cara, y me giré para mirarle.

-No abandoné este lugar huyendo, sino para encontrar otros paisajes distintos. Algunos me arañarán el alma como este, y otros la curarán y la harán más clara. Todos ellos formarán las imágenes que me representarán en el futuro. Los quiero todos, uno por uno, junto a mí. Incluso cuando en mucho tiempo mire atrás y se hayan convertido en cenizas. Te quiero a ti, que representas todas las caídas, todas las angustias, las desconexiones. Lo quiero todo...

-... o tu puzzle estará incompleto.

Me reí.

-Eso es. Tan incompleto que ni tú sabrás encontrarme de nuevo.

Nos miramos con complicidad. La oscuridad terminó por apoderarse de las ruinas. Sentí sus dedos alrededor de mi muñeca y la música imaginaria elevándome. Bailamos una vez más. Esta vez porque sí, simplemente porque queríamos hacerlo. Al final del día, ambos brindamos para que de cada uno de mis viajes, pudiera traer nuevos sentimientos que esbozar en el aire.




*La esencia de las cosas (I) http://garabatolvidado.blogspot.com.es/2013/10/aparecio-en-aquel-bar-de-mala-muerte-y.html
**Reconstrucción-----[La esencia de las cosas (II)] http://garabatolvidado.blogspot.com.es/2014/06/reconstruccion-la-esencia-de-las-cosas.html

jueves, 5 de febrero de 2015

Fresas con azúcar. Caca seria 2.0.

Nueva entrada. Estoy en otro atasco literario. Más que atasco es como un millón de ideas buenas estrellándose unas contra otras y formando miles de galaxias entre las que no quiero elegir. Como las otras veces que me ha ocurrido esto, he decidido abrir una página en blanco y garabatear mientras como fresas.

Hace un mes que no intentaba nada como esto. Odio las cribas que tengo que hacer para escoger una temática apropiada para un relato. Por eso a veces es mejor escribir sobre NADA y, al menos, sentir que el agobio que siento cuando ninguna idea se transforma en ALGO, disminuye.


Han pasado muchas cosas. Las más llamativas las escribo en un lugar paralelo para recordarme que estoy viviendo, y que a veces, los demonios también me llevan a mí. No puedo enseñaros ese rincón, pero está bien que sepáis que existe. Creo que siento todo demasiado fuerte, sobre todo cuando vivo épocas de encierro autoimpuesto para sacar adelante mis proyectos. Ahí es cuando siento todo en dimensiones universales, pienso demás y, si no lo escribo, no parece que ocurra nada en absoluto. Mi salud mental a veces me preocupa, aunque creo que está mejor que nunca. 


He aprendido sobre mí mucho, simplemente, hablando con gente nueva, gente que conoces por casualidad, gente con la que intercambias dos palabras. De todas las personas con las que me he cruzado en los últimos tiempos he sacado algo útil. He medido mis reacciones, he estudiado cómo me afectaban sus preguntas e incluso cómo cosas que había defendido durante mucho tiempo comenzaban a tomar otra forma o a parecerme ideas menos convincentes que anteriormente. 


Soy más consciente de mí misma. De los límites que tengo y de la gente con la que no quiero compartir cosas. En quién se puede confiar y qué cosas es necesario pulir con ayuda de terceros. Me gusta el cambio, al menos cómo percibo lo que soy ahora. No quiero que estas nuevas dimensiones afecten a lo que percibe el resto sobre mí. Creo que me siento contenta con mi parte social, incluso si esta es más reservada de lo que sería normal, porque aun siendo un poco piedra como era antes, era feliz con lo que podía dar, mostrar y hacer. Me sentía a gusto.


Sé que puedo llegar a estar orgullosa de mí. Nunca se puede alcanzar la perfección como ser humano, pero me gustaría pensar que en ningún momento voy a decepcionarme a mí misma y a traicionar mis principios pese a que las cosas se pongan difíciles. Que me convertiré en lo que quiero ser y siempre aspiraré a alcanzar la mejor versión de mí. Estoy en camino y creo que he escogido los atajos correctos incluso cuando ha habido gente dispuesta a imponerme los caminos que ellos creían mejores para mí. 


Seguiré informando al respecto. Quizás descubra nuevas cosas por estos lares.


Por ahora aquí os dejo otra entrada de esas que tiraría a la papelera... pero oye, que a quien tienen que servir es a mí, no a vosotros... y vaya si lo hacen.


Alba




domingo, 11 de enero de 2015

Reflexiones del subsuelo. Divagaciones amorfas de un día raro.

(Mi narrativa ingeniosa está estancada. Si esperáis un relato de los de antaño... no. No es la entrada adecuada... hoy solo vengo a hablar).

Quienes me conocen, saben que normalmente vivo en el metro. Recorro Madrid a diario. De punta a punta, de estación a estación, de vagón a vagón  y siempre bajo tierra. Alguien decidió hace tiempo que en días festivos, merecía la pena aumentar el tiempo de espera entre metro y metro para ahorrar. El resultado actual es una aglomeración de gentío, libre de trabajos y deseosa de movimiento, en cada recoveco del subsuelo.


Esta mañana, después de correr con desesperación y arañar minutos como podía, he llegado al andén de la línea de metro que me correspondía coger y, qué sorpresa. Me ha recibido un grandioso cartel que rezaba: PRÓXIMO TREN  EN 12 MINUTOS. 


¡¿CÓMO?! Supongo que el asombro está justificado. No obstante, yo, que vivo en el metro, sé a lo que me arriesgo cuando tengo que viajar en transporte público en un fin de semana. Mientras otras personas se quedaban mirando el cartel con odio, yo me abría paso para sentarme en uno de los fríos bancos de hierro del andén. 


Si os parecéis a mí y visualizáis los relatos mientras los leéis, seguro que os dais cuenta de la situación global. Estaba en una estación de metro, bajo tierra, con las vías frente a mí vacías y doce minutos por delante. Los que sois como yo sabréis cuan largos son doce minutos para una mente creativa. Atrasando un despertador 12 minutos se puede crear y destruir un universo mental. En 12 minutos de lectura se puede disolver un personaje, o dos, o tres. En 12 minutos puede concluir una historia de amor, se puede fraguar una amistad eterna... Y bueno, en menos también, pero la cuestión es que yo tenía 12 minutos y, para alguien que piensa demasiado, el tiempo NUNCA pasa rápido. Al menos, en soledad.


La cuestión es que mi imaginación no tiene límites. ¿Sabéis lo de los atentados, amenazas de bomba y demás? El primer minuto lo he dedicado a cerciorarme de que ninguna de las personas que pisaban el andén parecía sospechosa. También me aseguraba de que nadie abandonaba un equipaje, bolso o mochila y salía corriendo. Todo en orden.


Los dos siguientes minutos, percatándome de que todos los asientos de la estación habían sido ocupados, los pasé alerta por si alguna persona mayor necesitaba que levantara mi culo del asiento y le cediera mi sitio. Hace mucho que asumí que el resto del universo no suele vivir en la realidad como para tener esos detalles.


Ese pensamiento me llevó a la idea de "claro, no se dan cuenta de nada porque están con la cabeza metida en el móvil", así que perdí otro par de minutos en contar cuántas personas tenían los ojos en una pantalla. Catorce. Doce móviles y dos ebooks. Llegados a este punto, suspiré.


Eché un vistazo a la estación. Me percaté de la diferencia de las baldosas entre unos andenes y otros. Me aseguré de que estaba en el andén del sentido correcto. Volví a  hacer una panorámica para asegurarme de que no había ningún terrorista cerca de mí. Sin novedades. Pasé un minuto de ansiedad cuando, un hombre de mirada despistada, decidió esquivar a un grupo de niños por la parte más cercana a las vías. Pisaba la línea amarilla que señala peligro por caída. Me disgusté. Le miré fijamente, en tensión,  lista para saltar sobre él si tropezaba. No ocurrió nada. Me volví a fundir con el banco de metal.


Mi mente comenzó a divagar. "¿Qué haría si hubiera una emergencia? ¿Cuál es la puerta más cercana? ¿Y si ese tío con cara de mala leche es un ladrón? Tiene una viejecita a su lado. ¿Si le roba el bolso corro tras él? Ah, qué difícil es todo. Hay que tener valor para ser un héroe. ¡Cómo molaría que el chico que está a mi lado me dijera algo! Está leyendo. Me cae bien. ¿Qué libro es? Oh, una revista de coches. Genial. ¿Qué clase de persona puede tragarse un bodrio como ese? ".



Entonces el tren de la vía de enfrente llegó. No me percaté de su sonido, pero sus luces me cegaron unos instantes. Al irse, dejó tras de sí vacío. Miré mi andén repleto de gente aburrida, sumida en sus vidas y cabreada por la de cosas que podrían estar haciendo en esos doce minutos perdidos. Después miré frente a mí, la imagen idéntica pero sin humanos con auras destructivas. Mi mente llegó a unas cuantas conclusiones. Quizás se conviertan en textos.


Volví a mirar el reloj. Cuatro minutos. Hundí los dedos en los agujeros del banco y pensé en lo triste que sería que se me atascaran allí. Los saqué con cuidado y me crucé de brazos. El andén al otro lado de las vías permanecía desierto. El sonido de mi dimensión pareció apagarse. Mis ojos no veían humanos, solo una construcción creada para la espera sin gente que aguardara en ella. Si no venía alguien a esperar al andén, nadie cogería nunca los trenes que pasaran por esa estación. Oportunidades perdidas. Más piezas en mi mente chocando unas contra otras e intentando encajar. "Hay que ir a los andenes", pensé. Dado que estaba un poco embotada por la hora que era, decidí apartar la vista del abismo de las ideas. No iba a sacar conclusiones cerradas, sino trazos inconexos que me trastornarían y no me dejarían concentrarme el resto del día. 


Volví a observar a mis cansados camaradas de metro. Sus caras parecían a punto de derretirse de aburrimiento. Entonces me sentí como en una película. Mantuve un poco la mirada en un punto indefinido, como haciéndome la despistada, pero sabía que alguien me estaba observando. Me sabía el bucle de movimientos para no parecer brusca a la hora de dar con tu acechador. Bajaba la vista al suelo, como pensativa. Mis manos jugaban unos instantes con un anillo mientras me mordía el labio. Entonces despertaba de mi ensoñación y miraba el reloj del andén sin leer siquiera la hora... y por último, mis ojos resbalaban por las personas hasta clavarse en unos ojos mucho más sabios que los míos. Una señora mayor, no tan mayor como para cederle el asiento, me miraba con media sonrisa. Me pregunté si le recordaría a alguien, o si le habría conmovido mi perplejidad ante el vacío que teníamos enfrente y que me había absorbido unos instantes. Tenía una melena gris muy larga, y un aura diferente al resto de la gente. Esa fue la información que pude acumular en los segundos que me paré a analizar. No quería incomodarle. Si quería mirarme, podía sin problemas.


El asiento en el que me sentaba comenzó a vibrar. Mis pies temblaron. Vi la luz en el túnel y con un rugido que me pilló por sorpresa, llegó el tren. Las chispas que salían de los cables me aturdieron unos segundos. La gente se apelmazó en las puertas de los vagones. Les miré condescendientemente mientras permanecía sentada. Si no dejaban salir a los pasajeros del interior, ni uno de ellos podría pasar dentro jamás. 


Una melena gris me obstaculizó la visión. Por encima del hombro, la señora que me había observado antes, seguía contemplando mi espacio vital... Pero esta vez lo entendí. Entendí qué es lo que le había llamado la atención. En mi regazo, yacía el libro que estaba leyendo, marcado con un montón de post-its fosforescentes en las páginas que me gustaban. No era mi libro, no tenía permiso para doblarlas. Aquella señora me miraba simplemente porque era la única humana de aquel andén que tenía un libro de verdad entre las manos. Además, mi aspecto de "persona adolescente que escucha heavy metal y se dirige a clase de baile", no debía de cuadrar en su mente con "persona seria y suficientemente madura como para interesarse por Un mundo feliz". Me pilló mirándola mientras nos apretujábamos en el vagón. Le sonreí. Me sonrió. Nos entendimos. Las puertas se cerraron frente a nosotras sin darme tiempo a recordar la angustia que me producía la llegada de un nuevo tren a la estación en la que me encontraba.


viernes, 9 de enero de 2015

Déjame entrar.

A la vista estaba que tenía un problema. 
Oh sí. 
Un ENORME problema. 
Concretamente, un muro de cuatro metros de altura. 

Con ambas manos apoyadas en la cintura, respirando con dificultad y con una cantidad extraordinaria de herramientas a los pies, no podía más que alzar el mentón y plantearme por última vez si sería más productivo intentar saltar mi obstáculo antes que perder más fuerzas intentando derribarlo.

Llené los carrillos de aire y los hinché tanto que pareció que me estallarían. 
Frustración.
Desesperación pura y dura.
Solté el aire.

-Oh, ¡maldito estúpido muro cabezón! Te creé para que ellos no pudieran entrar, no para que yo no pudiera salir- mascullé mientras bajaba los brazos y me acercaba al muro dispuesta a patearlo.

Cuando ya tenía un pie listo para ser lanzado contra la pared, escuché a Gabriel entrar.

-¿Aún sigues aquí?- sonaba como alguien intentando controlar la risa.

-¿A caso no me ves?- bufé mientras desechaba la idea de que me viera destruir mi propia pierna contra la piedra.

Gabriel se rió entre dientes y dejó una bandeja en el suelo.

-Te he traído algo de comer.

-¿Y también has traído una grúa para ayudarme?- esta vez se carcajeó abiertamente.

-No.

-¿No vas a ayudarme?

-Quizás.

Miré a Gabriel arqueando las cejas. Después le pegué un puñetazo en el hombro. Volvió a reírse.

-Te ayudaré en lo que pueda.

-Con eso no vale.

-Te sacaré de aquí.

-Eso está mejor.

Recuerdo que esos días trabajamos duro. O quizás solamente hablamos. Hablábamos durante horas. Nos apoyábamos en el muro. Lo golpeábamos al son de canciones que nos inventábamos. Lo acariciábamos mientras jugábamos a encontrarnos. No sé en qué momento se abrió la puerta. Quizás nunca lo hizo y, simplemente, la piedra se desgastó al son de nuestros secretos. Me lancé hacia la luz. 

Creo que no fui consciente de lo que hacía. Supongo que la desesperación por derribar la barrera me cegó. Gabriel me impulsó fuera del muro, pero él se quedó atrás, fuera de mi alcance. Cuando mis pies pisaron el exterior, el frío me arañó la espalda. Gabriel no estaba al otro lado. Estábamos el mundo y yo.

-¿Gabriel?- me entró un ataque de pánico y me asomé a la puerta. Oscuridad. Vértigo- ¡¿GABRIEL?!

El eco se burló de mí repitiendo su nombre. Cuanto más consciente era de mi nueva situación, más deseaba regresar. Mientras me dejaba caer frente a la puerta que me había dejado salir, una voz resonaba en el muro. "Gabriel, por favor, déjame entrar".